La poesía se arrima zumbando bajito, entre acordes, acuarelas y entre risas y abrazos..
se hace huella de vivido. Bienvenidos a la fiesta de las letras.
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“No vemos las cosas como son, las vemos como somos”. Anaïs Nin Suene el despertador o no, cada mañana despierto con la asfixiante sensación de no volver a ver. Con la advertencia de esa llave entre el cerebro y el mundo. Con su insoportable amenaza: apagarse de forma definitiva. Entonces, comienzo a buscar puntos estratégicos en el dormitorio: el vértice de un cuadro colgado de la pared o el vértice de la puerta entreabierta. También ubico ese punto de fuga en un manojo de pañuelos desordenados sobre un solitario barral de madera, allí, detrás de la misma puerta. Ahora que escribo no sé muy bien por qué deambulo entre esos vértices. Será por una cuestión de iluminación. O se tratará de una necesidad. O, incluso, de saber previamente que existen, que son y, por ese mínimo hábito visual, afirmar su presencia ahí. Inamovibles. Todo esto sucede, claro, entre ese mundo aparte, entreverado en la plena duermevela. Fatídica acción preliminar: desmontar el sueño para entra...
Al margen. Ojos sin limites. Sin tilde. De corazón anarquista. Noble. Irreverente. Agónico, paredón y después. Siempre hay mañana. Mueca de otro mundo, casi mejor. De barrios bajos y primaveras. La vida raspa, siempre; hasta el ultimo escondite, de la memoria. Sonrisa al filo. Declaración manifiesta. Avanzar, entre silencios ausentes. Ultimo principio. De este nuevo final.
Escribo sin saber de que lado tiran las palabras. Se filtran una tras otra. Sin vacilación. Exigen decorosas alguna respuesta... Lo compruebo en el solemne ocaso de la noche en el mundo... Cuando me sumerjo en el desaliento que desafía la herida, como si fuese tan fácil escribir. Las palabras se asocian presurosas para darle sentido al temor que provoca lo incierto, invocan resolutas la contracción del ultimo suspiro. La voz imparable que se refugia en el silencio y se estaciona a un costado del corazón...
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