Historia del sol.

 Historia del sol: una escritura que se desdobla. 

“Pero el vértigo respondía a otra cosa: recobrar su memoria en la memoria de otro.” (Las pasiones alegres)


Historia del sol, de Manuel Moyano Palacios, exige, te pega y te invita. Lo hace a través de una escritura singular, construida frase por frase y sostenida en párrafos compactos. En el interior del texto no hay vorágine: hay pausas, juego y pase entre líneas.

Afuera, el calor de la Córdoba seca del verano. De la falta de recursos. De un país que naufraga. Hay asombro, agobio e incomodidad: una incomodidad nazi que sobrevuela el oído del lector mientras avanza en la lectura. Hay distintas capas de escritura en el texto, como el fondo de la casa del vecino alemán: un lugar donde algo permanece oculto y los espacios parecen contener otros espacios. Ahí entre pastos crecidos, chapas y olvidos se encuentran y se desdoblan los Miguel P. en dos Migueles. O en más. ¿Quién sabe?

“Miguel se acercó al otro Miguel. Sus brazos rodearon lo que era también su propio cuerpo. El abrazo duró una vida. La mía.”

La escritura de Manuel no avanza en una sola dirección. Va, viene y se multiplica. Te atraviesa como rayos X creando una ficción movediza, deliberada y, sobre todo, farresiana.

Aún no conozco Berlín. Pero sí conozco Córdoba.

Como en La batalla intacta —otra novedad de la casa editorial—, donde se narra la iglesia ucraniana del barrio de Floresta. Aquí, aparecen las sierras como geografía de la representación de mí pasado. ¿Cuantos pasados tenemos?

En La Falda, entre ríos, fernet y Pear Jam, explorábamos con el piberio el Hotel Edén de noche, cuando estaba clausurado y los espíritus salían a beber una copa.

Con la lectura de Historia del sol regresé a esas habitaciones despobladas y ocultas, a través del desdoblamiento de mi propio yo.

Los Migueles de Moyano Palacios disfrutan del derroche y del desborde festivo; exhiben a plena luz del día la potencia de su estirpe. Conviven con la superstición y con la naturalidad de quien baila un cuarteto como si en la escritura todo fuera posible. Y claro, en la realidad también. 


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